De Madrid al cielo

¿Quién no tiene un amigo, un cuñado o un primo madrileño? Creo que se podrían contar con los dedos de la mano. Dijo Machado de Madrid que era “rompeolas de todas las Españas”, algo así como un delta en que han ido a parar los materiales de aluvión que arrastraba un río (la vida, claro) desde todos los puntos cardinales. Madrid es nuestro Nueva York a escala, nuestro melting pot casero, versión olla podrida: en Madrid casi nadie es de allí y, sin embargo, enseguida uno se siente como en casa.

Yo he estado de visita en esa casa. Puedo asegurar y aseguro que hasta alguien nacido en Barcelona como un servidor se siente casi un paleto llegado del pueblo con la maleta de cartón y la boina enroscada al ver el tamaño que todo adquiere en la Villa y Corte. Digamos, por ejemplo, que uno se acerca en tren. Digamos que alguien va a recogerle. Digamos que a ese alguien se le dice que llegas a la estación y, claro, la pregunta con retintín está servida: ¿a cuál de las tres?

Aparte del número y dimensiones de algunos edificios públicos, uno advierte pronto otras diferencias. Por ejemplo, que allí no se habla exactamente igual que en Cataluña. Para empezar, el catalán lo hablan sólo en la intimidad algunos subversivos, enemigos del gobierno. El pueblo llano se sirve principalmente del castellano o español. Pero, ojo, con ciertas particularidades. Igual que a las lenguas de nuestro terruño les salen sarpullidos, algunos de los cuales avanzan sin detenerse ante nada, como la lava de un volcán (véase el hortera “mersi”, que conoce un gran cultivo en nuestras dos lenguas oficiales), los de la capital del reino tienen un ingenio casi ilimitado para dar trabajo a los académicos de la lengua. Allí nacieron los “gayumbos” (calzoncillos), los “pesetos” (taxis), “búhos” (autobuses nocturnos) y otros neologismos que han tenido diversa fortuna. En cuanto a la fonética, la verdad es que quizá una deformación congénita sea la que a muchos nativos o adoptados les impida pronunciar ciertos sonidos y obligue a curiosos ejercicios de transformismo. El “ejequeísmo” madrileño es muy conocido: “ej que me duele”, “un ejquema”, etc. Por otro lado, los “Gerard” y los “Girona” se transforman por arte de birlibirloque en “Yérar” y en “Yirona”, respectivamente, porque el sonido que inicia el “jardí” del catalán no existe en castellano. Que se pronuncie “Martorel” por “Martorell” tiene un pase (el palatal lateral no consta en el repertorio de sonidos del castellano a final de palabra). Pero, ¿qué me diréis de la “eme” a final de vocablo, que pronuncian “ene”: “empresas puntocón”? ¡Y se quedan tan anchos! Este atentado a la correcta fonética castellana es gravísimo, un verdadero haraquiri: en casos agudos, puede llegar a impedir que se cante bien la canción de Camela “Amor punto com”. La ortología merecería también el respeto de las mujeres que pronuncien la “ese” a lo pijo, como en el programa televisivo Corazón, corazón. Esto es muy finolis, mientras que la pronunciación correcta en el resto del mundo allí se percibe como de poca educancia e ilustración.

Quizá estos peculiares modos idiomáticos tengan que ver con el papel predominante que se han venido arrogando en los últimos tiempos en “Los Madriles”. Hay que reconocer que han tomado con firmeza las riendas de los restos del imperio, cargando a sus espaldas con todo lo que otros no querían: pasarelas de moda, aeropuertos, AVE, autovías gratuitas… y eso engendra un sentimiento legítimo de orgullo, de ser alguien. El centralismo madrileño ha calado hasta en quienes llaman a la radio, que siempre dicen que llaman “de aquí”. Al cabo de unas milésimas, como aclarando a los ignorantes, añaden “de Madriz”. Creo que el único pesar que tienen en dicha urbe es que el meridiano de Greenwich pasa por Londres y no por la Puerta del Sol.

El atuendo de los locales, pese a ser vario y diverso, está muy influido por la estética pepera, que triunfa a gogó. El madrileño del siglo XXI ya no es un chulapo que baila el chotis, sino que tiene que llevar el pelo con la raya a un lado, vestir traje, llevar corbata poco estridente, camisa blanca de cuadros azules, gemelos en los puños, zapatos negros y calcetines de ejecutivo. Tiene que parecer, en todo, un notario. Ella, por su parte, ya no va de manola, sino que lleva traje con ciertos complementos preceptivos: pañuelo Loewe o imitación; bolso color camel a cuadros rojos, blancos y negros; pendientes de perla y botines… Los modelos a seguir son, a mi juicio, Norma Duval o Carmen Posadas para ellas; Pío Cabanillas para los caballeros.

Y, ya que hablamos de caballeros, creo que viene también a pelo hablar de las fórmulas de tratamiento que se estilan por aquellos pagos. En catalán, por ejemplo, tenemos el “tu” más familiar, el “vós” intermedio y el “vostè” que indica más respeto. En Madrid lo que se lleva son el “usté”, el “don” y el “caballero”. Con una frecuencia asombrosa se trata a las personas de calidad con un “don” (don José María Aznar, don Florentino Pérez…). Pero lo que realmente priva, lo que allí gusta sin medida, es usar el “caballero”. Un camarero, por ejemplo, te tratará de “caballero” y le hace a uno sentir el peso de una armadura. El éxtasis llega si se dice que “don Perico de los Palotes es un caballero”. Quienes emiten semejantes juicios sumarios tienen una cara de satisfacción que invita a pensar que son muy tontos, pero la expresión tiene mucho éxito, sobre todo en el campo del deporte y aplicado a personas insignificantes.

Después del respiro del punto y aparte, ataquemos este penúltimo párrafo con varias vaguedades sobre el deporte rey y su relación con la capital de España. Aunque parezca que sólo haya un club de fútbol, posiblemente el mejor de la Vía Láctea (tal cetro solo se lo disputa el modesto Júpiter de Barcelona), otros dos de la zona también están o han estado en primera división. Pero centrémonos en el Real. Recalificaciones urbanísticas, favores arbitrales, equipo del gobierno sí o no y otras zarandajas aparte, me interesa detenerme en dos detalles, dos árboles que quizá nos digan algo del bosque. El primer árbol se llama don Santiago Bernabeu. Dio nombre al estadio del Real Madrid y llegó a decir, después de visitar Cataluña, que en esta tierra hermosa lo que sobraban eran los catalanes. Otro árbol del bosque, también tronchado por el hacha de la vejez, es don Ramón Mendoza. Sólo diré que su último libro (desconozco si escribió alguno más) llevaba por título Dos pelotas y un balón. Huelga el comentario. Juzgue el desocupado lector si las maneras de un club pueden tener algo que ver con las de sus presidentes.

Todo lo arriba mencionado puede ser una bobada o no, pero tiene algo de cierto. Como cierto es que en Madrid también hay cosas dignas de encomio y de ser destacadas: paisajes urbanos como los que pinta Antonio López, directores de cine como Almodóvar, museos como el Reina Sofía, una Gran Vía llena de teatros, muchas zonas de marcha y gente entrañable (amigos, exnovias, etc…) Y ese cielo azul que ya querríamos, ese cielo azul que casi no se merece, ese cielo azul sin nubes que lo redime.

[Escrit el 5.5.2002]

Quant a gonzalezcastro

Andreu González Castro ha publicat quatre llibres de poesia en castellà (Retablo de Nueva York, Obra Nueva precedido de Currículum vítae i Maniobras diversivas) i un altre en català (Epigrames del Mas d'en Gall). També ha publicat el llibre de contes Safata d'entrada i ha coordinat en col·laboració amb Iván Sánchez Moreno La palabra justa. Homenaje a José Carol. Juntament amb Armando Luigi Castañeda ha escrit 100 motius per ser del Barça (i no ser del Madrid), publicat a Cossetània. Ja en solitari, és autor de 100 moments estel·lars del Barça (Cossetània, 2011). El seu debut novel·lístic ha sigut Bon cop de falç! (Columna, 2011), una obra escrita en col·laboració amb Ramon Gasch. El llibre va rebre el premi Nèstor Luján de Novel·la Històrica 2011. Publica de manera regular a la revista de cultura i pensament El Ciervo i al setmanari L'Informador de Martorell.
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