[Publicat a L’Informador de Martorell el 8 de juliol de 2005]
Hace un tiempo se empezaron a poner de moda los programas televisivos que consisten en pasar revista a la actualidad de las ondas hertzianas recalando en algunos de sus momentos más espectaculares. Uno de los primeros espacios de esta índole llevaba el explícito nombre de “Noche de impacto”. Otro cuya producción es mucho más barata, pues ni siquiera contaba con presentador, tenía por nombre no menos ilustrativo “La batidora”. Ambos han dejado secuelas que inundan la pantalla con escenas como las siguientes: alguien lame unas bambas o come cucarachas por dinero, un abuelete produce música con un lagarto disecado, un adúltero se deja pegar ante las cámaras por su mujer, los bomberos rescatan un gato, la policía abate a tiros a un homicida. Todo ello en horario para casi todas las edades y uniendo imágenes sin solución de continuidad, sin transición, de manera que pasamos de la sorpresa al asco, de la indignación a la consternación o de la carcajada al abatimiento en cuestión de segundos. Estos programas suponen una especie de montaña rusa emocional que, si para los adultos resulta vertiginosa y difícil de seguir, a uno le da que a los adolescentes les configura una manera de entender la vida como cambio perpetuo y transición alocada de unos estados de ánimo a otros. Gracias al montaje en estudio, la realidad televisiva se trueca en una sucesión permanente de impactos que la realidad extratelevisiva parece que debe estar en condiciones de emular.
Hace ya tiempo que se viene haciendo hincapié en que los infantes cada vez tienen menos capacidad de concentrarse en lo que hacen. Pero, ¿es ello posible si lo que se les ofrece más bien alienta al rápido abandono de lo que está en curso por otra cosa diferente? Cualquier docente puede corroborar que crecen las trabas para que el alumnado preste atención a lo que se explica o incluso a lo que está diciendo otro compañero. ¿Por qué hay que prestar atención a algo que es de interés general? En apariencia, la televisión se dirige a uno individualmente, así que el profesor debiera ser capaz de desdoblarse y acomodarse a esa realidad, de responder individualmente a las necesidades del alumno en el momento que a cada alumno se le planteen.
Otro de los factores coadyuvantes en esta percepción del pedagogo como alguien que puede estar pendiente de mil cosas a la vez (de si uno quita a otro la goma, de si a alguien le viene en gana ir al lavabo) al par que explica algo nuevo y responde a una pregunta sobre lo que ya ha repetido en tres ocasiones, puede ser la irrupción de los ordenadores multitarea. Los ordenadores actuales pueden tener varios programas funcionando a la vez. Quizás, de forma análoga, los alumnos esperan de los profesores que sean capaces de estar pendientes de sus caprichos, que les libren de la necesidad de prestar una atención excesiva a asuntos enojosos (como haría una máquina) y que, además, no se bloqueen nunca.
Escribía hace poco Javier Marías que los pesimistas no son quienes ven las cosas por su lado negativo, pues que todo tiene un lado negativo, sino aquellos que piensan que cuando las cosas van mal aún pueden ir a peor. No les quiero engañar: en la educación, las cosas van mal. Pero empiezo a temer que puedan ir a peor.