En el último día de nuestra estancia en Ámsterdam, meditamos si debiéramos probar la comida holandesa autóctona. Hemos probado comida tailandesa, cantonesa, inglesa, argentina e italiana. Al final, desechamos tan aventurada propuesta. Hemos llegado a la conclusión de que lo más coherente, a la luz de nuestro historial gastronómico, sería ir a un holandés en Tailandia, Cantón, Inglaterra, Argentina o Italia. Además, el Dorrius, un holandés genuino que queda cerca de nuestro hotel, por el nombre parece más bien de comida catalana y todavía no llevamos suficientes días alejados del terruño como para añorar la butifarra. Así que vamos despidiéndonos de las calles y canales de medio centro histórico de Ámsterdam en dirección a la pizzería en la que cenamos tan bien unos días atrás, porque hemos decidido repetir. Es la pizzería de Dijk Haar Lemmstraat, que con ese nombre podría ser el señor que regenta el negocio, pero que resulta ser una calle. Son las tres pasadas, muy tarde para el lugar, y cuando llegamos a la pizzería resulta que está cerrada: solo abren por la noche. Comienzo a ponerme nervioso.
– Te dije que el chino de la calle del hotel no estaba mal. Los de la narcosala que hay al lado no dan nunca la brasa, son gente tranquila.
Ella tuerce el gesto, pero no responde. Sabe que me pongo nervioso cuando tengo el estómago vacío. Pero en vez de ir a las inmediaciones del hotel, elegimos otro italiano de la calle antes mentada. El primero que encontramos que cumple con un requisito indispensable: tener aire acondicionado. Por muy sufrido que sea un viajero, no queremos formar parte de la estadística de fiambres causados por la ola de calor.
Es un local pobremente iluminado, con hiedras de plástico y celosías pintadas de verde. Un local decorado con reproducciones de mapas antiguos que exhiben una caligrafía florida y que cuelgan de unas paredes estucadas bastamente. Un local cuyo estilo postizo e intercambiable lo mismo podría encontrarse en Lloret que en la Little Italy de Nueva York. Un engaño para turistas, vamos. Solo una mesa está ocupada, así que no tenemos problemas para acomodarnos en una para cuatro junto a una pared. Nos lo decimos todo con los ojos: este mismo, es ya tarde, vaya pastel. ¡Menudo último recuerdo de Ámsterdam!
El dueño es un joven de unos treinta años torpe y tímido, de pelo engominado y peinado hacia atrás, al estilo marbellí de Julián Muñoz, ojos bovinos y un labio inferior grueso y colgante por encima del cual se ven unos dientes diminutos. Es un chico melancólico metido en un corpachón de más de noventa quilos, culo y muslos anchos. En todo tiene el tipo de un topo. Da la impresión de que lo suyo no es la hostelería, de que su padre le ha traspasado el negocio antesdeayer, de que podría estar igual vendiendo zapatos o haciendo de gondolero con camiseta de rayas y sombrero de paja en un canal de Venecia. Tienen puesta una música a ratos deprimente. Pero no ahora, porque ahora suenan Al Bano y Romina Power: “Sarà perché ti amo”. Te miro a los ojos y los dos sonreímos. Nos enternecemos tontamente porque, al fin y al cabo, hemos llegado a mitad del verano sin divorciarnos. Y eso, según las estadísticas, es algo excepcional y digno de celebrarse.
Al poco de haber pedido las pizzas de rigor, advertimos que uno de los clientes parece enfadado. Le acompañan dos mujeres a las que intenta convencer de que tienen que reclamar. Afirma que en Madrid eso no pasaría. Al parecer, el justiciero Capitán España no está de acuerdo con que le hayan cargado el IVA. Llama al dueño y le dice que no constaba en la carta si ya estaba incluido o no y que no piensa pagar. El dueño parece azorado. Resopla como la locomotora que sube hasta cerca del Machu Picchu. En la retaguardia aparece el padre, una réplica del hijo a escala 1:2. El hijo se le acerca moviendo su pandero hinchado como los carrillos tristes de un hámster que roe. Intercambian unas palabras y el hámster vuelve en dirección al cliente con otra carta forrada en cuero negro. Pero el cliente no cede. Parece que se ve en la necesidad de demostrar algo. Hace un momento ha comentado a sus acompañantes algo así como que hay que protestar, que no hay que dejar que se cometan abusos de este tipo. Se encuentra cómodo en su papel de paladín de los derechos del turista. La locomotora pierde fuelle. Hojea afanosamente en la carta, pero no encuentra nada con lo que defenderse. Gesticula y levanta la voz, pero no quiere asustar a los demás presentes, es decir, Susana y yo. Cautivo y desarmado. Suena Eros Ramazzoti: “Si bastasen un par de canciones”. Y yo pienso: “¡Bienaventurados los restaurantes de medio tenedor, porque de ellos serán las Estrellas Michelín en el reino de los cielos!”
Al final, el topo se acerca a la caja registradora y extrae de ella un billete de cinco euros que entrega de mala gana al Capitán España. Este lo recoge con un gesto de suficiencia y se levanta. Está muy satisfecho: en el plano simbólico, se ha consumado una venganza entre naciones. Por fin está vengado el codazo a Luis Enrique en el mundial de fútbol de EEUU, 1994. ¡Viva Naranjito! Le siguen sus dos acompañantes, algo menos contentas del lance que el chico, diría que hasta un poco avergonzadas. Nosotros nos miramos y sentimos una lástima infinita por el dueño de ese local con hiedras de plástico, con estucados que lagrimean paredes abajo, con manteles de papel sobre manteles de cuadros blancos y rojos en el que solo suenan tristes canciones melódicas italianas. Sentimos lástima por ese chico atrapado en el frío de Holanda, atrapado en la tacañería de las dos cervezas de espuma inconsistente que nos ha servido sin que ni siquiera rebosen, como suelen servirse en este país. Así que decidimos alegrarle el día. Parece una señal divina que se oiga Spagna y que su “Easy Lady” ponga un toque discotequero en el ambiente mortecino.
Y como ser amable no cuesta dinero, y aunque habría que remontarse a la propia Italia, junto al Coliseo, para recordar unas pizzas tan infames, le decimos que aquellas galletas con tomate de lata estaban buenas. Somos corteses y le sonreímos al ir al lavabo. Chapurreamos algo de italiano para pedirle los cafés: “Caffé macchiato, per favore”. Para pedirle la cuenta: “Il conto, per favore”. Para despedirnos algo después: “Arrivederci”. Nuestro italiano para principiantes parece alegrarle el día. ¡Pero si sabe sonreír! Ese chico de aspecto desolado, como Marco sin su mono Amelio, resulta que sabe sonreír.
Cuando salimos del restaurante para recoger las maletas del hotel, casi son las cuatro. Pronto habremos de marchar de Holanda y es uno de nuestros últimos recuerdos el de este chico lánguido que quizás no haya nacido ni en Italia. Este chico que se enternecería con las estrofas de L’Emigrant de Verdaguer, si lo entendiese. Por la puerta entreabierta del local, oímos todavía mientras nos alejamos una última canción:
Che sarà, che sarà, che sarà
che sarà della mia vita, chi lo sa?
So far tutto
o forse niente ma domani si vedrà
e sarà, sarà, quel che sarà.