El libro póstumo de Ángel González añade poca novedad a la obra de este importante poeta, menos aún si se tiene en cuenta que algunos de estos versos ya habían visto la luz en revistas. Veintiocho poemas breves (ninguno ocupa más de una página) que basculan entre el humor y la amargura, sentimientos que a menudo se entremezclan de manera inextricable. Como por ejemplo en “Quizá mejor ya no”, en que una cita del comendador Escrivá remata el poema para expresar cómo se desea y se repudia la muerte, que en el verso cancioneril torna a “dar la vida”.
El dolor, el cansancio vital, la fugacidad de todo, la proximidad del fin y las relaciones entre la ficción y la realidad (“Yo soy un fingidor; yo, no el poeta”) son los temas principales. Pese a la dureza de fondo, hay versos juguetones, como los que avanzan entre rimas consonantes (“A vueltas”, “El poema de los 82 años”, “Arte de magia”). Un soneto impresionista y el juego con los encabalgamientos en “Algunas tardes” son lo más elaborado de este libro inconcluso de apuntes y fogonazos editado en una colección de lujo.