Este poemario presenta una unidad temática en torno a dos centros de gravitación. La primera parte, “Aprender para olvidar”, reúne poemas en que se medita en torno a la familia. Poemas como “Deber de padredumbre” (con este neologismo tan evocador) o “Mías tus manos”, sobre la madre que se va apagando, son estremecedores. En la segunda parte, el paso del tiempo, la soledad y la muerte reciben el testigo del protagonismo temático.
En lo formal, la de Fernández de la Sota es una propuesta singular por lo anacrónica: desconcierta su uso de la rima, consonante en algunos casos, para más inri. Por ello incurre en algún ripio, algo difícil de evitar en algún poema de verso octosílabo (y no me refiero al cuasicancioneril y magnífico “Fe que tiembla”). Sin embargo, lo habitual es que la manera de partir los versos, que trae a la memoria la de Salinas, suavice la dicción.
Lo mejor del libro es comprobar como el juego fónico de poliptótones, rimas internas y aliteraciones contribuye casi siempre al fuego, a la verdad poética de la emoción hecha verso.