Uno de los trucos más socorridos por los lenguaraces para dar credibilidad a las tonterías que largan consiste en negar que estén diciendo lo que todos entienden de sus palabras. Me explico: es aquello del “yo no soy racista pero…”. A partir del “pero”, antepuesto a modo de vacuna o burro delante, se pueden desgranar tantos alegatos racistas como a uno se le ocurran, porque como uno no es racista…
Mi antiguo conciudadano Carlos de “Gran Hermano”, el celebérrimo “Yoyas”, pertenece a esta especie de energúmenos antedicha. Él mismo se las da de filósofo y es de los que propalan aquello de que no hay que juzgar a nadie por su apariencia, sino por su fondo, pese a que la evidencia nos enseña que no siempre fondo y forma andan tan disociados. De otra manera: llamadme cobarde, pero si un melenudo con cadenas de oro que resaltan en una pechera abierta, mirada aviesa y un palo en la mano se acerca por mi acera, es muy posible que me pase a la otra. A lo que íbamos. El “Yoyas” se presentó a un magacín vespertino de esta guisa: de negro riguroso, con dos o tres botones de la camisa sueltos, con collar y pulsera gruesos de oro, y con dos sellos en diferentes dedos de la mano. Pero no le juzguemos por las apariencias barriobajeras, que por la boca muere el pez y, si no, oído al parche.
Porque las fallas argumentales del “Yoyas” alcanzan la magnitud de, por lo menos, la de San Andrés, que atraviesa la costa oeste de los EE UU y hace turismo por San Francisco. Pasemos por alto que el pobre Carlos no sepa que los “conejillos de indios” son en realidad “conejillos de Indias”. Eso, al fin y al cabo, es peccata minuta y el mejor escribano echa un borrón. Al cogollo entremos. Y es que los contertulios de Carlos, si bien no tenían cara de haber hecho un máster en la Universidad de Massachussets, que con la “universidad de la vida” ya han tenido bastante, sí que se merecen un mínimo respeto. El “Yoyas”, sin embargo, no repara en minucias y es capaz de defenderse de las acusaciones de machista con refutaciones inapelables: “(usted) parece una gata menopáusica”, “en el mercao tendría que estar”, “al mercao, lista”, “usté sí que le tiene que dar vergüenza a sus hijos y a su marido”, “(ustedes) están muy chochas” y lindezas por el estilo. Porque, como él no es machista, que ya quedó claro, puede ser políticamente incorrecto. ¿Que le había tocado a su novia la cara? Eso la gente, que es muy mala.
Otra falacia argumentativa, la falacia ad hominem, esto es, la descalificación del adversario por ser quien es y no por lo que dice, conoce en Don Carlos a un gran cultivador. Quien dude de mi palabra, que se lo pregunte a la ilustre Ania, segunda clasificada en la primera edición de GH. Cierto es que la pobre es más sosa que las acelgas, pero no merece que un jíbaro le suelte un "¿tú por qué c. enseñaste el c. peludo ese en Interviú?”. De la misma manera, el no menos ilustre Kiko, de la tercera edición del concurso, recibió su ración de jarabe de palo: “Yo no creía en los fantasmas hasta que te he visto delante”. Y es que a Carlitos está empeñado en que se le tache de cualquier cosa menos de cortado o incontinente, que sólo faltaba eso.
Por cierto que, hablando de incontinencia, a ver si alguien va a poner en duda la virilidad del hospitalense, que incontinencia y precocidad pueden a veces confundirse. Y con las cosas de comer no se juega. Y lo que digan a mí me la trae floja. Y si el público se escandaliza y le mira de manera reprobatoria, él aguanta la mirada y a duras penas contiene la ira que, con razón, le domina. Porque “muy poca vergüenza” hay que tener para meterse con un angelito como Carlos.
[Escrit el 20.10.01]