Los altramuces del conde Lucanor

En una de mis pocas salidas al extranjero, esa vasta región hostil, fui protagonista de una escena entre surrealista y patética. Estaba en un pub del centro de Londres y mi acompañante había ido al lavabo. Entonces se me acercó un hombre de aspecto no demasiado negligido e intentó entablar conversación. Puesto que yo había salido de la zona euro con la intención de practicar la lengua de Shakespeare, pensé que no podía haber nada malo en cambiar unas impresiones con un nativo. Sobre todo porque los franceses, que no habitan Francia sino Londres, hablan inglés con algo de acento (francés). Enseguida me di cuenta –aunque ya había empezado a sospecharlo antes– de que mi nivel de inglés no era tan bueno como parecía en la Península. Por ejemplo, me dijo tres veces de dónde era y pensé que sería descortés volverle a pedir que lo repitiera. Aquel tipo taciturno me hablaba y se quedaba pensativo. Me daba que estaba muy baqueteado por la vida aunque reía sin venir demasiado a cuento. Cuando me empezaba a preguntar qué hacía yo con ese señor, se levantó como un resorte, se dirigió hacia el mostrador, cogió una pinta de cerveza abandonada en la que quedaban un par de dedos del bebestible y apuró su contenido de un trago. Aunque algo tarde, me acabé percatando de que era un pobre borracho que no tenía ni para embriagarse con su propio dinero.

Siempre los pobres nos parecen más pobres en ciudades más opulentas que la nuestra, por contraste con el medio. Un madrileño pobre (no un pobre madrileño) inspira más compasión que uno de Barcelona. El de Londres, más aún. Uno de Nueva York, no digamos. Alguno se ve en la Gran Manzana con su cargamento enorme de botellas de plástico para llevarlas a reciclar. En los EEUU, bonifican el reciclaje en determinados estados para compensar en lo posible que el 5% de la población mundial consuma el 25% del petróleo. Así que algunos antólogos de Coca-Colas vacías y demás viven de la ecología y deambulan entre el denso tráfico de taxis amarillos imantados por el Downtown.

Todo lo cual me recuerda el viejo ejemplo medieval que don Juan Manuel intitula “De lo que aconteció a un hombre que por pobreza e mengua de otra vianda comía atramuces”. Explica que un malhadado que no tenía que comer sino chochos, de otro modo llamados altramuces, que es una simiente más propia para alimentar ganado que personas, se lamentaba de su mala suerte. Y que estando entristecido por su desgracia, vio cómo otro menos afortunado comía las pieles que él tiraba al suelo. La enseñanza es de plena actualidad: de lo que sobra a unos, otros comen. Y, de paso, en la desdicha ajena templa el hombre su aflicción.

Quant a gonzalezcastro

Andreu González Castro ha publicat quatre llibres de poesia en castellà (Retablo de Nueva York, Obra Nueva precedido de Currículum vítae i Maniobras diversivas) i un altre en català (Epigrames del Mas d'en Gall). També ha publicat el llibre de contes Safata d'entrada i ha coordinat en col·laboració amb Iván Sánchez Moreno La palabra justa. Homenaje a José Carol. Juntament amb Armando Luigi Castañeda ha escrit 100 motius per ser del Barça (i no ser del Madrid), publicat a Cossetània. Ja en solitari, és autor de 100 moments estel·lars del Barça (Cossetània, 2011). El seu debut novel·lístic ha sigut Bon cop de falç! (Columna, 2011), una obra escrita en col·laboració amb Ramon Gasch. El llibre va rebre el premi Nèstor Luján de Novel·la Històrica 2011. Publica de manera regular a la revista de cultura i pensament El Ciervo i al setmanari L'Informador de Martorell.
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