Parece mentira la poca importancia que se le da a los artículos cuando se habla. Son esas partes blandas de la lengua que, como las partes blandas del cuerpo humano, están sujetas a maltratos continuos y dolorosos. Siendo varias las sevicias que padecen los artículos, las principales son, mi juicio, la determinación a trochemoche y el reverso de su escamoteo. Me explico.
Por “determinación” entiendo ese fenómeno por el que a un artículo que le tocaría ser indeterminado (un, una, unos, unas) se le convierte en determinado (el, la, los, las) por obra y gracia del mal uso lingüístico. Así, por ejemplo, muchos se refieren a los diferentes electrodomésticos que un piso puede tener o no anteponiéndoles el artículo “el” o “la”. Centrémonos en ese tiempo previo al matrimonio en el que los familiares menos allegados o los vecinos de escalera se preguntan qué pueden regalar a la pareja. Es entonces cuando sueltan el fatídico: “¿Tienes ya la freidora?”. Ya está ahí el fastidioso artículo. Resulta que ponerlo es tanto como decir que la freidora es al piso lo que las ruedas a un coche. Que sin lo uno no hay lo otro, vamos. Y lo peor del caso es que se aplica el artículo a otros electrodomésticos tan útiles e imprescindibles como la sandwichera, la batidora, la parrilla, la picadora, el inalámbrico…. Tanto uso indiscriminado de artículo determinado lleva a que, cuando uno se emancipa de la tutela de los padres, en la frontera de los treinta o más allá, se sienta un arrapiezo si no tiene hasta el más absurdo de los ingenios eléctricos.
Por “escamoteo” entiendo, en mi terminología casera, la supresión de un artículo que tocaba usar en el contexto y que todo hijo de vecino usa, excepto que sea un pedante. Pero como las formas de querer distanciarse del buen uso del vulgo para dárselas de sabio no encuentran dique que las sofrene, encontramos ejemplos de escamoteos de artículos a diestro y siniestro. En el ámbito de la medicina, la situación clama al cielo. Escribió Thomas Bernhard que los médicos interponían entre ellos y sus pacientes el latín. Quizás una cuestión de complejo. En estos tiempos en que el trágala del silencio gremial no se lo cuelan ya a todo el mundo, los galenos y acólitos se sirven del vicio antedicho para darse ínfulas. Oiremos un: “Hay que bajarlo a planta” aquí, un “Ha entrado en quirófano” allá, un “ acullá. Lo importante es contrariar el sentido común.
En suma: que si bien los adjetivos se llevan la palma de los maltratos en la lengua (por casi desconocimiento de su existencia), los artículos no les andan a la zaga. A este paso, acabaremos hablando con la poca gracia de los robots. Sin adjetivos. Sin artículos. Volveremos a la prístina pureza de la selva. “Yo Tarzán. Chita. Tú Jane”.