Con motivo de los setenta años del principio de la Guerra Civil se recuperan algunos de los textos de quien, según el certificado de las acusaciones, era un “escritor y poeta poco conocido del público”.
Miguel Hernández, como antaño otros escritores tomaron ora la pluma ora la espada, empuña el fusil y el romance y se muestra enardecido en estas crónicas y escritos propagandísticos nacidos casi en el fragor de las trincheras. Lo mejor hay que buscarlo en tres aspectos. Uno son los detalles concretos, como en las crónicas del Bernal Díaz del Castillo (sorprende la confesión hernandiana de que le entra risa histérica mientras padecen un bombardeo). Otro, el lirismo de ciertas descripciones. El último, comprobar cómo la nobleza y candor idealista del poeta resisten los embates de la brutalidad. Y si alguna vez se trasluce cierta fascinación por la guerra, las más prevalece el horror ante sus efectos.
Es una lástima que la edición señale algunos errores con un sic y luego añada otros. No sabemos entonces a quién atribuir algún anacoluto, faltas ortográficas ni puntuaciones incorrectas. No espere el lector prosa de filigrana; sí pasión y retórica inflamada.