Antroponimia senescente y antroponimia rampante

Mi abuelo paterno se llamaba Secundino. Mi abuela se llama Evarista. Tengo o he tenido familiares cuyos nombres son Honorio, Epifanio, Felicísimo, Evencio, Domitila, Jerónima, Venceslada… Ninguno de estos nombres es hoy ya común. La excepción honrosa la constituye un pequeño primo, cuyos padres han tenido a bien cristianarlo como Telmo. Los fuegos de San Telmo, esos rayos en miniatura que pueblan las alturas de algunos rascacielos, le cuadra muy bien a ese niño bonachón y regordete. En total, que mientras hay Telmos, hay esperanza para todos los Honorios y compañía. Antaño los padres no meditaban demasiado el nombre de sus criaturas. Algo muy común era poner el nombre del santo del día. Así que de nacer un 26 de diciembre, por ejemplo, tenías suerte y te tocaba Esteban. Pero podías tener peor fortuna y venir a este valle de lágrimas un 26 de octubre, de manera que, sin comerlo ni beberlo, te cayera sobre los hombros el sambenito del Marciano. Otro de los procedimientos de nominar consistía en poner el nombre de algún familiar. A veces, uno que estuviera muerto. Otras, el del padre o la madre. De ahí las sagas de Andreses y Antonios que se repiten por generaciones. Yo, por ejemplo, pertenezco a una de ellas, lo cual daba lugar, cuando era más pequeño, a los graciosos apelativos de Andresito o Andresín entre los allegados. Hoy en día, los tíos te miran y, cuando se les escapa uno de los susodichos, añaden a continuación, medio avergonzados: “Bueno, te llamarán ya Andrés. O Andresón. ¡Ja, ja!”. Simpáticas estampas familiares.

Hace no tanto tiempo, antes de la invasión en tromba de los Jonathans y los Kevins, las Tamaras y las Jéssicas, los nombres extranjeros no eran comunes por estos pagos. Los sacerdotes, desde el púlpito, llegaban a afear la conducta de los padres que osaban dejarse arrastrar por las corrientes de renovación nominativa. Servidor ha presenciado en una pequeña aldea leonesa la defensa enconada de don Antonio, el cura que sucedió a don Efigenio, de grato recuerdo, aunque a veces se le fuera la mano y diera algún capón a los niños de la primera fila, o una calabazada con las llaves de la cancela, la defensa, decía, de conservar el Isabel castizo frente al extranjerizante Elisabeth. O el clamor reactivo de don Antonio no fue lo bastante enérgico o sus prédicas han quedado sembradas en muchos corazones en los que aún no han dado fruto, porque las Tamaras han florecido en el poblacho con lozanía sin par.

De todos modos, hoy lo que priva es poner nombres de dos sílabas. Parece condición sine qua non de cualquier nuevo apelativo. A mí ya casi me parece largo Elías, porque tiene tres sílabas. Lo importante es que se pronuncie en dos golpes de voz. La razón no la sé, pero supongo que es para, en un primer momento, poder mejor reprender al niño. Es más efectivo un “¡Estate quieto, Joshua!” que un “¡Estate quieto, Rogaciano!”, claro. Otra condición indispensable es que el nombre resulte original. ¿Por qué tirar de Emilio o Elena cuando se puede recurrir a uno salido de una partida de Scrabble, como Joahebeen, Jobín para los amigos (doy fe de que este nombre existe)?

Ante el empuje de las nuevas tendencias, de poco valen las jornadas de salvación como la que tuvo lugar en las últimas fiestas de la Mercè. Parece ser que las Mercès cotizan a la baja en este peculiar mercado, igual que las Montserrats, así que las que recuerdan a la patrona barcelonesa llevaron a cabo una demostración de fuerza el pasado 24 de septiembre de 2002, día que, por ello, me atrevería a calificar de histórico. Si no me equivoco, la performance consistía en pedir que se identificara toda Mercè viviente que se encontraba al paso una animosa brigada de Mercès (valga la redundancia). A mí, con todos los respetos, me pareció un remedo de la campaña ficticia que emprendió el semanario “El Jueves” hace ya años para sacar del olvido la palabra “pejiguero”, campaña que consistía en pronunciar varias veces al día el adjetivo moribundo durante toda una semana, viniese o no a cuento.

De todas maneras, a vosotros, padres que todavía meditáis como poner a vuestros vástagos, yo os recomiendo para niños el Mohammed. El año pasado fue el más socorrido en Cataluña. Tiene tres virtudes: es fácil de pronunciar, es extranjero y se puede acortar en “Moja”. ¿Alguien da más?

 

Quant a gonzalezcastro

Andreu González Castro ha publicat quatre llibres de poesia en castellà (Retablo de Nueva York, Obra Nueva precedido de Currículum vítae i Maniobras diversivas) i un altre en català (Epigrames del Mas d'en Gall). També ha publicat el llibre de contes Safata d'entrada i ha coordinat en col·laboració amb Iván Sánchez Moreno La palabra justa. Homenaje a José Carol. Juntament amb Armando Luigi Castañeda ha escrit 100 motius per ser del Barça (i no ser del Madrid), publicat a Cossetània. Ja en solitari, és autor de 100 moments estel·lars del Barça (Cossetània, 2011). El seu debut novel·lístic ha sigut Bon cop de falç! (Columna, 2011), una obra escrita en col·laboració amb Ramon Gasch. El llibre va rebre el premi Nèstor Luján de Novel·la Històrica 2011. Publica de manera regular a la revista de cultura i pensament El Ciervo i al setmanari L'Informador de Martorell.
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