El poemario se estructura en tres partes: en la primera, se trata la dimensión material del ser humano, sujeta al ciclo que en un poema se explicita como “Materia en ciernes. / Materia en ascenso. / Materia en plenitud. / Materia en descenso. / Materia en olvido”; la segunda parte es de corte paisajístico; la tercera la idea del carácter cíclico de la materia y se abre a la idea de eternidad. Ese viaje desde lo que se apunta hasta lo que se termina queda meridianamente claro con los títulos de los poemas que abren y cierran la primera parte: “Almendros en flor” e “Isla-lápida”, respectivamente.
Antirretóricos y directos, los poemas son breves, de dos páginas a lo sumo, cosa que beneficia a algunos no acaban de ser redondos y más se acercan al jirón que al poema. Más o menos logrados, buscan en cualquier caso articularse dentro de cada sección y del libro entero en un todo orgánico.
En este libro en que tienen gran importancia los temas de vinculados al paso del tiempo y la insularidad, se antojan buenos poemas “Caverna” (sobre la maternidad), “El desmantelamiento” (¿sobre el divorcio?) o “Malvas en la pradera” (sobre el advenimiento de la primavera).